Ella se metía el dedo en el coño, penetraba unos centímetros y lo levantaba para frotarse el clítoris, procurándose las sensaciones que deseaba y gozando con la geografía del cañón existente entre las piernas. Mientras actuaba con el dedo pensó por un momento que él también podía estar masturbándose al otro extremo del hilo telefónico, y la simple idea la exaltó.

-¿Estás todavía ahí?

Y por respuesta ella escuchó un gemido abierto, sin duda el goce del hombre al correrse.

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